El propósito corporativo, impulso del nuevo liderazgo

La impaciencia por el aquí y ahora. Ese es quizás uno de los desafíos más apremiantes que la digitalización ha impuesto en una sociedad más empoderada y en un mundo más hiperconectado que ha originado a su vez un consumidor que demanda productos y servicios de manera más inmediata a sabiendas de las muchas opciones entre las que puede elegir en la red a través de un dispositivo (ordenador, tableta, smartphone…). En consonancia, el propósito corporativo, el de las compañías (que muchas han tenido -o están en proceso- que actualizar y redefinir), se ha hecho aún más obligatorio estratégicamente, sobre todo porque la pandemia puso a prueba desde sus inicios la confianza en ellas en un escenario más disruptivo en el que no ha dejado de aumentar exponencialmente la incertidumbre y la obligatoriedad de ponerse en el lugar de las personas para entender lo que necesitan y demandan. Esto es una máxima de la que siempre se ha hablado cuando nos referimos, por ejemplo, a la atención de los clientes y a su satisfacción. Pero es precisamente esa personalización y escucha lo que ha acaparado todavía más valor, unido al reto interno que supone la era digital y todas sus tendencias y sus adaptaciones, y por supuesto el compromiso de las compañías de tener que enfrentarse a esos cambios y a hacerlo analizando exhaustivamente todos y cada uno de los entornos (en los que operan, en los que quieren estar y en los que no tienen que actuar). Por tanto, han de ser cada vez más colaborativas si desean persistir y liderar los mercados, aparte de prestar mucho cuidado a lo que está ocurriendo en ellos (y a su alrededor) para tratar de anticiparse al máximo. Esto es fundamental para asegurar que los procesos no se anticúen y que progresen en sintonía con la evolución de un contexto con etapas cada vez más cortas por una innovación mucho más rápida.

Por tanto, no es asunto sencillo, pero sí es evidente la garantía que otorga a los modelos de negocio que los valores corporativos actúen como filtro para que las acciones sean a su vez sensatas y eficientes, algo que debe ser de esa manera para promover una experiencia mucho más ágil, cercana y de calidad. Y cuando nos referimos a esto último, la cuestión no es únicamente que un producto o servicio sea más o menos pertinente para un determinado fin, también -y esto es muy relevante- que cada una de las piezas que forman parte del engranaje -desde su concepción como idea u objetivo hasta su materialización- sea un ejercicio continuo de transparencia (para consigo mismas y hacia el exterior). Aquí se incluye no fijarse solo en el cometido de maximizar los beneficios con cada una de las tareas planificadas, es que estas sean certeras y consistentes a lo largo del tiempo. Volvemos a referirnos por tanto al propósito corporativo, que da título a este post y que dice mucho de la ambición que tienen las compañías: de su autenticidad, de su inspiración, de su relevancia, de su diferenciación. Porque es evidente que las ventas dependen, y mucho, de la reputación que va construyendo cada una con sus comportamientos éticos considerando que la aceptación social es una especie de barómetro que mide la presión que soporta. Esto frente a los stakeholders es trascendental porque las compañías son estrategas y decisoras ininterrumpidamente, y han de tener muy presente las circunstancias y las prioridades de cada uno de los grupos de interés para responder conforme ellos esperan puesto que al final están valorando lo competitivas que son y pueden llegar a ser.

Actualizar y redefinir los planes estratégicos es uno de los imprescindibles de las compañías en la era de la transformación digital.
Combatir la desinformación y la desconfianza es otra de las claves para las empresas, de ahí que identificar, aplacar y administrar los riesgos sea también indispensable para conseguir, mantener y potenciar la legitimidad de los stakeholders.

Para ir concluyendo es apropiado mencionar la transformación digital, y aclarar desde luego que esta no se refiere simplemente al desarrollo e implantación de la mayor y mejor tecnología posible, sino que va más allá ya que hay algo básico en todo esto (no solo saber utilizarla en base a los objetivos marcados). Y es que la comunicación se adapte en todo momento a los distintos formatos y soportes que están surgiendo e imponiéndose (estando muy presente igualmente en todas y cada de las fases internas), y que la sinergia que forma con el marketing y con los datos sea acertada porque en ello irá además el éxito de unos planes estratégicos que requieren contar con los indicadores idóneos para cuantificar y para cualificar los avances. Y en este punto, cabe resaltar que las relaciones entre compañías y stakeholders han de ser cada vez más fluidas, humanizándolas y creando vínculos que no solo sean comerciales, sino empáticos, con sentimientos de por medio, con mucha alma. A diario se habla mucho de cómo las marcas conectan con las personas y lo que estas esperan de las primeras (lo que hagan por y para ellas). Y es cierto, el propósito corporativo -vuelvo a incidir- es actualmente más crucial para el liderazgo a sabiendas que internet agiliza las conexiones a nivel global y, por ende, es apremiante generar más influencia y más credibilidad con los mensajes que se trasladan. Acabar llegando e impactando adecuadamente en las audiencias ayudará, por consiguiente, a la consecución de las metas que van fijándose las compañías en sus hojas de ruta.

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