Conoce más acerca de las tendencias en comunicación corporativa en el 2018.

Las tendencias que marcarán la comunicación corporativa en el 2018

La ética y la transparencia. Hoy son muchas las compañías que no sólo reconocen la importancia de aunar esfuerzos para ganar confianza, sino que se encuentran inmersas en procesos de desapalancamiento, conscientes del desafío que entraña no estar evolucionando al compás de los stakeholders. La verdad y la credibilidad son cada vez más imprescindibles cuando se habla de los propósitos, de las estrategias, de las acciones. Sobre todo porque existe un contexto de turbulencias, de amenazas, de problemas que hacen que el espacio que separa el equilibrio de la inestabilidad sea más estrecho, y esto conlleve episodios de crisis más probables y más dañinos. Cuando se hace referencia a lo que marcará a la comunicación corporativa, una de las tendencias para el próximo 2018 no será únicamente detectar los potenciales impactos que se esconden detrás de los cambios, sino hacerlo a tiempo, principalmente para reaccionar y explicar qué suponen. Esa cultura de honestidad refleja, además, el ímpetu de convertir la veracidad en sello de afinidad sin pasar por alto que las empresas y las instituciones son actores claves para responder a los desafíos sociales. Y eso que duda cabe, supone tener que implicar a cada uno de los eslabones que representan la cadena de valor sin perder de vista el enfoque holístico y los efectos de la globalización.

Todavía hay organizaciones que están empecinadas en la idea de que la escucha activa debe tener el foco en el exterior, quizás porque las preferencias, las expectativas, las decisiones de los demás terminan por influir de manera directa o indirecta en ellas, pero el problema más bien es desentenderse, es no analizar y no adentrarse en lo que ocurre internamente. Ahí es donde emergen los valores, las actitudes, las sensaciones que la identidad corporativa transmite y que, al fin y al cabo, asienta en la mente de los públicos de interés. Es evidente que los principios que rigen las actividades dicen mucho, más de lo que imaginamos, por lo que la voluntad de mejora también supone asumir compromisos, y la exigencia empieza por fortalecer la imagen de marca a partir del grado de cumplimiento. Y esto resulta cada vez más evidente e imprescindible si nos atenemos a la evolución vertiginosa de la sociedad, principalmente porque está más acostumbrada a exigir al existir una mayor concienciación sobre las competencias, sobre la amplia variedad de opciones entre las que elegir y, por supuesto, entendiendo que el ciclo de vida de los productos y de los servicios es cada vez más limitado y se extingue antes.

Las empresas y las instituciones son actores claves para responder a los desafíos sociales.

Más allá de diseñar y de ejecutar estrategias que sean sólidas, es indispensable buscar la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace, puesto que esa coherencia conlleva relaciones más efectivas fundamentadas en la transparencia y en la confianza.

Por tanto, la presión ha crecido de forma exponencial para las empresas y las instituciones, y más en la era de la posverdad, por lo que no basta con entender que sean relevantes, sino que eso precisamente se perciba para garantizar la supervivencia a largo plazo. Y, por supuesto, que la legitimidad y la diferenciación sean un hecho aparte de la necesaria rendición de cuentas. Ahí entra en juego la narrativa, que seguirá siendo otro de los aspectos relevantes de cara al próximo 2018 cuando se piense en lo que marcará a la comunicación corporativa. Que no sólo se base en lo interesante, sino también en la utilidad, en que sea capaz de integrar y también implicar. Porque el poder no está únicamente en las organizaciones, sino que va más allá, de manera que es en el entorno donde se construyen, se fortalecen o se destruyen las conexiones con los stakeholders.

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La clave para las organizaciones seguirá siendo las personas y el principal problema radicará en cómo organizar los grupos de trabajo en función de sus habilidades.

¿Hacia dónde están yendo las organizaciones?

La información fluye con celeridad, en muchos casos dispersa y sesgada, y la ferocidad de la competencia ha terminado por arrastrar a las organizaciones a tener que adaptarse a los cambios que se han ido sucediendo en el inicio del siglo XXI. A partir de aquí, en los últimos años las tendencias han evolucionado, y esto ha conllevado que una gran mayoría de empresas e instituciones, más o menos reacias, hayan tenido que iniciar profundos mecanismos de reflexión internos para garantizar que las estructuras, los procesos, los comportamientos y las formas de trabajar reflejasen la transformación no sólo en la teoría sino también en la práctica. El punto de partida no ha sido únicamente mejorar, sino mantener y proteger la autenticidad y la integridad, algo que ha supuesto a nivel jerárquico severos tiras y aflojas entre las visiones más clasicistas o tradicionalistas y aquellas más realistas y futuristas. Se ha tenido que promover y afianzar una auténtica cultura de escucha que las acerque a los stakeholders o grupos de interés. Conversar, estar al tanto de lo que se debate, de lo que preocupa, principalmente para no perder la iniciativa y disponer de la capacidad para influir. Al fin y al cabo, no se trata de aumentar los beneficios en los balances de situación, sino contribuir al progreso de las condiciones sociales y económicas de los entornos en los que las organizaciones desarrollan sus actividades.

Para ello, que duda cabe, también ha sido indispensable que se enfrenten a la investigación de los comportamientos, más aún porque aunque anticiparse es una tarea mucho más compleja que hace algún tiempo, tener prospectiva y madurar a través de la inteligencia social ha ayudado, y lo seguirá haciendo, a lidiar con las crisis de confianza que en ocasiones hacen sucumbir la reputación. Parece evidente, no obstante, que en las empresas e instituciones se deba tener por naturaleza la capacidad de aportar soluciones creativas, por un lado, y realizar un trabajo transversal y transparente entre los departamentos y las unidades de negocio, por otro. Sin embargo, la falta de conocimientos o la lentitud a la hora de tomar decisiones ha sido y es un problema añadido cada vez mayor porque se topan no sólo con una amplia variedad de información, sino además a más volumen y a una velocidad más vertiginosa a la hora de propagarse. Por tanto, crear valor a partir de ella seguirá siendo un increíble valor añadido, aunque la flexibilidad y la capacidad de respuesta rápida empieza no ya en liderazgo, sino en entenderlo y en ejercerlo con responsabilidad. Y, por supuesto, que desde éste se facilite y se articule una transición eficiente hacia un tipo de organización que sepa enfrentarse a los riesgos y que fomente el aprendizaje constante. Porque lo sustancial ya no radica únicamente en gestionar los cambios, sino en saber enfrentarse a ellos adaptándose de forma eficaz y saber comunicarlos porque la sociedad ya no entiende, y cada vez esto es más visible, las realidades de las compañías sin que se les cuente el porqué de sus acciones y cómo éstas van a repercutir de una manera u otra en los clientes, en los accionistas, en los proveedores, en los propietarios, en los gobiernos, etcétera.

Transformación digital. Ante todo una cuestión de personas.

Analizar los cambios en los hábitos de consumo de los clientes, propiciados por la transformación digital, es prioritario para acometer reformas sustanciales de los modelos de negocio.

Más allá incluso de las nuevas tecnologías, que emergen y se desarrollan a un ritmo incontrolable, la clave seguirá siendo las personas y el principal problema radicará en cómo organizar los grupos de trabajo en función de sus habilidades para hacer frente a todas esas transformaciones que se suceden y que demandan innovación permanente. Porque es importante comprender que no es más eficiente el que más dinero invierte en tecnología, sino el que mejor la usa para ser más productivo. Pero valga la pena hacer un inciso entendiendo que aunque sea una inmensa oportunidad, también se debe hacer uso de ella con responsabilidad. Y no significa que la prudencia sea quedarse estáticos esperando a qué va a ocurrir, sino que primero es prioritario examinar para apostar, entender para emprender, definir para decidir. Y aquí está precisamente otro reto al que se están enfrentando las empresas e instituciones como suma intrínseca de capital social, físico y humano. Exprimir no solamente el talento que emerge internamente, en el que la colaboración y la motivación son esenciales, sino descubrir y apostar por el externo, con perfiles más autodidactas, que vivan en la red y acostumbrados a trabajar en entornos cada vez más conectados. Y, por supuesto, en esta evolución que estamos viviendo se tendrá que seguir apostando por la comunicación como elemento integrador, estratégico, porque si algo está claro es que las compañías son más consistentes y más transparentes en la medida que no sólo actúan en base a estrategias, a intenciones, a propósitos, sino que también explican a los grupos de interés cómo lo hacen y por qué lo llevan a cabo.

El liderazgo empresarial, ¿por qué es importante para la salud organizacional?

La metamorfosis del liderazgo empresarial

Somos protagonistas de un momento de cambio, actores de una transformación constante que es ya una normalidad y no una espontaneidad. No es alarmante que el miedo y la incertidumbre dominen las decisiones, sobre todo ante la falta de evidencias nítidas de qué ocurrirá mañana. Sin embargo, la metamorfosis del liderazgo empresarial es, precisamente, el acto rutinario de diseñar el futuro que se nos viene a través de una visión y una implementación estratégica que permita alinear a las personas en torno a un objetivo compartido. Para ello, que duda cabe que la comunicación es cada vez más una necesidad, multidireccional sí, pero entendida desde la transparencia y sin olvidar que detectar las tendencias supone el reajuste no sólo de la forma de pensar sino también de actuar. La revolución digital, además, no deja de exigir prácticas basadas en la relación y en la atención, y refuerza más si cabe el paradigma que tienen muchas empresas e instituciones de huir, cuanto antes, del área de confort en la que han estado acomodadas durante años, e incluso décadas, si quieren estar a la vanguardia.

Es evidente que el ayer no sirve más allá de ser una agradable o incómoda experiencia, tampoco justifica la idea de quedarse quietos y esperar. Básicamente, porque las modificaciones en el entorno se suceden velozmente, también los desafíos y las problemáticas, y actúan como una especie de torbellino que lastra, por un lado, y que debilita, por otro, a quienes argumentan que el pensamiento tradicional aún sirve para auparse o mantenerse en los puestos de cabeza. Pero para pasar a la primera línea, no sólo es importante querer, sino estar preparados para dejar la retaguardia empezando por ver las cosas de un modo distinto, hacerlas bien y comunicarlo. Y esto es elemental en la metamorfosis del liderazgo empresarial porque las acciones, las palabras y los pensamientos de las organizaciones son examinados diariamente de manera exhaustiva, y porque saber liderar es entender y tener en cuenta todas las implicaciones que conllevan la toma de decisiones. Y como no, sin pasar por alto la pertinencia del diálogo y de la participación. Hoy, en plena efervescencia y vorágine de nuevas realidades, las empresas y las instituciones requieren de líderes que involucren, que inspiren, que sean capaces de movilizar. Y es que en estos tiempos de competencia desbordada, ya no basta con ser cabezas visibles desde la autoridad, sino que es necesaria la proximidad, el activismo, que no sólo sepan interiorizar la era digital sino que también lleven a la práctica la aplicación de los recursos que surgen en torno a ella.

El liderazgo empresarial, clave en la prosperidad de las organizaciones

El liderazgo en el siglo XXI supone romper con la visión conservadora y decantarse por una mucho más disruptiva.

Por ello, la metamorfosis del liderazgo empresarial exige aunar esfuerzos para conseguir resultados de manera ágil, flexible, disciplinada, resolutiva y creativa, puesto que no es únicamente saber qué objetivos se quieren lograr, sino también detectar y recorrer el camino más adecuado para alcanzarlos. En ese trayecto, en el que los diferentes actores han ganado peso y tienen más protagonismo que antes, los líderes se encontrarán con el desánimo, con la negativa, con el conflicto, con un contexto complejo. Las empresas y las instituciones han perdido el control y las relaciones humanas deben ser cuidadas al detalle ya que son el motor para conseguir el crecimiento del modelo de negocio, la austeridad en el cumplimiento de la cultura corporativa y el equilibrio entre lo que se dice y lo que se hace. Nadie duda que todavía hoy las organizaciones están inmersas en un proceso de regeneración, que el reto sigue siendo gestionar la inmediatez, y que tal reconversión lleva implícito tener que asumir que el liderazgo en el siglo XXI supone romper con la visión conservadora y decantarse por una mucho más disruptiva.